A Cristiano Ronaldo sólo se le vio empujar a Guardiola

Cristiano Ronaldo estuvo en el Camp Nou? ¿Jugó? Sí. Efectivamente, el estandarte madridista sí pisó el césped azulgrana. Ese futbolista que presuntamente quiere pugnar con Messi por la supremacía del fútbol mundial sí se vistió de corto, pero no para jugar, no para deleitar con sus virtudes. 

El portugués se arrastró, se desquició ante su tremenda inferioridad individual y colectiva y sólo dejó un detalle de su verdadero talante: minuto 31, Pep Guardiola intenta ganar unos segundos, le niega un balón y lo lanza a su lado; el portugués, crispado, responde con un empujón. Iturralde González, demasiado permisivo, se descuelga con un par de tarjetas tras un tumulto. Fue lo más destacado de Cristiano Ronaldo.

Sobre el terreno de juego, el luso confirmó que frente a los grandes, como el Barça, no acostumbra a dar la talla. Su leyenda negra crece y crece con encuentros como el de anoche. Tras la manita del Camp Nou se entiende porqué a estas alturas aún no ha marcado un gol a Víctor Valdés y siempre, en las citas importantes, brilla por su ausencia.

El delantero portugués dio todo un recital de lo que es un jugador frustrado a nivel individual y un pésimo compañero. Cristiano lo intentó en los primeros compases, pero Abidal lo borró. Acto seguido, le exigió a Di María cambiar de banda para buscar la espalda de Dani Alves. 

Estéril movimiento ya que también fracasó en el mano a mano contra el brasileño. La lamentable acción con Guardiola, el mano a mano con Valdés en busca del penalty y un lanzamiento de falta fue la raquítica aportación del luso. El resto, otro festival de lamentos, con reiterados gestos de rabia y múltiples recriminaciones a sus compañeros por sus errores continuos.

Lo de la segunda mitad todavía fue más denigrante. Cristiano Ronaldo ni tan siquiera lo intentó, salvo contadas ocasiones cuando el balón le fue al pie. Un disparo lejano y un continuo deambular sobre el césped de un Camp Nou. Su presencia sólo se constató por las enormes pitadas que la grada le dedicó cada vez que se acercó al balón.

Como mínimo, salvo llevarse las manos a la cabeza ante el descalabro defensivo de sus compañeros, no provocó a la afición con sus malas artes. Un patético consuelo.




----fuente de sport.es--------------

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