La formación de Cataluña. La sociedad feudal y condal.

s monarcas carolingios conquistaron el territorio a los musulmanes, lo organizaron en condados y construyeron castillos defensivos cerca de la frontera. Fue lo que se conoció como la Marca Hispánica. Al frente de estos condados estaba un conde, que designaba la realeza carolingia. El cargo tenía un carácter temporal y revocable y ejercía funciones político-administrativas, judiciales y, sobre todo, militares. Sin embargo, en el siglo X los condados catalanes inician un proceso de independencia con respecto al imperio carolingio.
Los monarcas carolingios dividieron el territorio en condados, que respondían a realidades físicas y humanas claramente establecidas, las cuales provenían de antiguas divisiones históricas. Por delegación del conde, un noble recibía el poder administrativo, militar y de justicia en el término (territorio) del castillo y para compensar estas funciones obtenía también una parte de la tierra pública del término, llamada feudo. Este sistema de repoblación dio lugar a la aparición de una estructura social y de unes relaciones económicas entre los diversos grupos. Sin embargo, y durante los dos primeros tercios del siglo IX, estos condados sufrieron las consecuencias de las luchas internas del reino franco en detrimento de su buen gobierno y defensa.
En el marco de la política de asimilación del dominio franco en el norte y en el sur de los Pirineos, y ya desde finales del siglo VIII, los obispados catalanes pasaron a depender del arzobispado de Narbona, ya que Tarragona se encontraba en zona musulmana. En gran parte coincidentes con los de los condados, los límites de las diócesis se fueron ampliando con las tierras de nueva conquista. La demarcación territorial más pequeña dentro de cada diócesis era la parroquia. A posteriori, a la red parroquial se sumaron algunos monasterios: Sant Benet de Bages, Cuixà, Sant Pere de Roda, Tavèrnoles o Sant Cugat, Gerri, todos bajo la regla de san Benedicto, que mantuvieron estrechos vínculos con las respectivas diócesis. Tanto es así, que durante los siglos XI y XII, sobre todo en la demarcación gerundense, un buen número de obispos de las diferentes diócesis con anterioridad habían sido abades.
Estos condados gobernados por un conde designado por el rey, a partir del siglo IX, se fueron independizando de hecho del imperio carolingio. El carácter revocable del conde fue perdiendo vigencia para convertirse en hereditario y eso dio lugar a la aparición de dinastías condales autóctonas, base de la futura independencia del país. Este cambio se debe principalmente a la crisis interna de la monarquía carolingia, incapaz de controlar a los condes que regían la Marca Hispánica, denominación que recibía el territorio franco en la península Ibérica, bajo la línea pirenaica. Pero también, por otra parte, el ejercicio del poder favoreció que los condes se enriquecieran y confundieran el patrimonio público administrado como patrimonio privado y, en consecuencia, como herencia para sus hijos. Este fenómeno no sucedió tan sólo en los condados catalanes, sino que fue general en los condados del imperio carolingio. En el año 877, una ley normalizó lo que de hecho ya era un uso frecuente: la autorización de la sucesión hereditaria de los condados. Este hecho impulsó la aparición de grandes familias condales.
A finales del siglo IX, la futura Cataluña estaba dividida en diez condados que responden, todavía hoy, al de las comarcas actuales: Ribagorza, Pallars, Urgel, Cerdaña, Rosellón, Ampurias, Besalú, Osona, Girona y Barcelona. Durante el reinado del conde Guifredo el Velloso (muerto el año 897), consiguió reunir bajo su mando los condados de Osona, Urgell, Girona, Barcelona y la comarca del Berguedà, originando lo que sería el núcleo central de Cataluña y el origen de una dinastía condal y real que pasaría de padres a hijos hasta el año 1410.
Otro momento decisivo de la independencia catalana respecto al imperio carolingio se produjo en el 988, cuando el conde de Barcelona, Borrell II, se negó a rendir vasallaje al rey franco, nombrándose duque ibérico y marqués por la gracia de Dios. Este acto de rebeldía fue en parte en respuesta a la falta de auxilio de la monarquía franca durante el saqueo de la ciudad de Barcelona el año 985 por las tropas comandadas por el caudillo árabe Almanzor. Con el incumplimiento de vasallaje de Borrell II, desaparecían los vínculos, cada vez más teóricos que prácticos, que habían unido los condados de la Marca Hispánica con el reino franco.
El proceso de unificación de los diversos condados y la consiguiente aparición de una conciencia nacional que superara la pluralidad política de éstos, nacen de diversos factores. En primer lugar, la intensificación de las relaciones entre los diferentes condados de la Cataluña Vieja; en segundo lugar, los poderosos vínculos de parentesco entre las diferentes familias condales; en tercer lugar, la existencia de un núcleo central de poder, y en cuarto lugar, porque no podemos obviar la importancia de la progresiva formación de una lengua común hablada en todo el territorio, el catalán, hija del latín, como el castellano, el gallego, el francés o el italiano.
El proceso unificador se consolidó de manera definitiva durante el gobierno del conde de Barcelona Ramon Berenguer I (1035-1076). En aquellos momentos, los condes de Besalú, Cerdaña, Ampurias y Urgel, reconocieron la supremacía del conde de Barcelona. Por otra parte, también debe ser tenido en cuenta que los obispados catalanes pertenecían a una misma provincia eclesiástica, la de Narbona, que actuó también como elemento aglutinador. Así pues, durante el siguiente siglo, ya en el reinado del conde Ramon Berenguer III (1096-1131), los términos ‘català’ y ‘Catalunya’ se habían consolidado para designar al conjunto de hombres y tierras.
En un principio y hasta mediados del siglo X, el sistema de repoblación practicado por los francos consistente en entregar tierras a los colonos que iban a habitar las tierras de frontera, generó la existencia de una campesinado libre. Esta condición de libertad no fue en absoluto duradera, ya que al final de este periodo la falta de tierras libres de cultivo provocó que la sociedad se feudalizara de manera progresiva. Ya a partir del siglo XI, un amplio sector de población por razones eclesiásticas –cesión de parte de la propiedad a la Iglesia para la salvación de su alma– o por razones jurídicas –confiscaciones de tierras por las deudas– provocó que gran parte del campesinado se sometiera a unos pocos señores, a los que tenían que servir y jurar fidelidad. Parte de este sector de pobladores quedó ligado a la tierra, sin derecho a abandonarla. Fueron los llamados siervos de la gleba, los cuales, para poder librarse de la tierra, se veían obligados a pagar grandes cantidades de dinero.
Aunque la hegemonía del mundo rural era absoluta, al final de siglo X hubo un tímido resurgimiento del mundo urbano coincidiendo con el avance de la producción agrícola. Prueba de ello fueron las concesiones de mercados por parte de las autoridades públicas y la aparición de arrabales en las afueras de algunas ciudades catalanas. Éste fue el núcleo primigenio que hizo aparecer un sector social muy dinámico, la burguesía mercantil, que impulsó un gran comercio peninsular y mediterráneo. Este nuevo sector, la burguesía, ocupó más adelante un papel político relevante.
Durante el siglo XI se configuraron las características básicas de una realidad nacional. En resumen, el origen común, el territorio, una vida económica, una estructura social, una comunidad cultural que se expresaba en una lengua propia, el catalán, y una legislación que regulaba los comportamientos de la comunidad, sin olvidar la conciencia común de pertenencia a esta comunidad.
Otro hecho importante que marcó la posterior historia de Cataluña fue el compromiso matrimonial del conde de Barcelona, Ramon Berenguer IV, el año 1137, con Peronella [Petronila], heredera del reino de Aragón. Esta unión fue el inicio de lo que sería la Corona de Aragón: diversos reinos independientes bajo un mismo soberano.
Simultáneamente, los soberanos de Cataluña, los condes de Barcelona durante los siglos XI y XII, iniciaron una ambiciosa política de dominio feudal sobre un amplio territorio del Mediodía de la Francia actual. La compra efectuada en 1067 de los condados de Carcasona y de Rasés y la adquisición de diversos derechos sobre Narbona, Tolosa y Béziers por parte del conde Ramon Berenguer I, fueron el primer paso. Ramon Berenguer III, un siglo después, en 1112, gracias a su matrimonio con Dulce de Provenza, adquirió los derechos de Gavaldà, Millau, Carladès y Provenza.
Cataluña, como lo harían otros estados feudales como Asturias, León, Castilla, Galicia, Navarra y Aragón, se configuró en sus aspectos políticos, institucionales y socioeconómicos, en relación a la larga reconquista que tuvo lugar desde la entrada de los sarracenos en el inicio del siglo VIII hasta su total expulsión a finales del siglo XV

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